Hay días en los que no me sale otra cosa más que escribir sobre cómo quisiera ser un árbol.
No por belleza, no por poesía. No.
Quisiera ser un árbol por necesidad. Por la pura y mera urgencia de pertenecer. A algún lugar. A alguien. A un pedazo de tierra que me reconozca como suya.
Un lugar donde por fin dejar de sentir que estoy flotando.
Flotar suena bonito en las canciones.
En la vida real, flotar duele.
Flotar es no tener dónde asentar los pies. Es no saber si uno viene o va. Si se queda o se va. Flotar es no tener raíz. No tener centro.
Y cuando no tienes un núcleo, cada brisa se convierte en una tormenta que te mueve.
Por eso me aferro a la imagen del árbol.
Porque los árboles no flotan.
Los árboles hunden sus raíces tan profundo que a veces ni la muerte los logra tumbar del todo.
A veces pasa un huracán, un rayo, una motosierra, pero si queda raíz, el árbol insiste. El árbol no pide permiso. Vuelve a nacer.
Se aferra con fuerza a la tierra como si le fuera la vida en eso porque sí, le va la vida en eso.
Y yo también.
No sé si lo que busco es tierra o si lo que me falta es raíz.
Quizás es una mezcla de ambas.Nunca he tenido una estación marcada como el otoño.
No aquí, en este país sin estaciones claras.
Aquí todo se mezcla: la lluvia con el sol, el calor con la humedad, las ganas de quedarte con las ganas de salir corriendo.
Pero aún así, mi cuerpo suplica por ese momento de soltar hojas.
Para deshacerme de lo que está muerto, viejo y de las hojas que ya han cumplido su ciclo.
Necesito un otoño, aunque sea inventado.
Me imagino como un maquilishuat en flor.
Rosa, suave, pero firme.Nadie puede ignorar a un maquilishuat cuando está en flor. Y quizás eso también quiero: dejar de pasar desapercibida.
Que alguien, al verme, diga: "Mirá, floreció."
O ser un tamarindo viejo.
De esos árboles que tienen décadas en un parque, en una esquina de la casa de campo.
Con tronco grueso, áspero.
Con cicatrices que no se explican, pero que se notan.
Proporcionando abrigo sin cuestionar quién lo recibe, sin recuento ni resentimiento al ofrecer regalos.
Un árbol que existe con propósito, sin necesidad de justificar su presencia.
Porque pertenece.
Y cuando uno pertenece, no tiene que explicarse.
El viento los mece, no los arrastra.
La lluvia los limpia, no los disuelve.
El tiempo los transforma, pero no los desaparece.
Y eso. Eso quisiera.
Ser parte del tiempo. No solo alguien que lo observa pasar.
Quisiera estirar los brazos como ramas.
Sentir que el viento me acaricia, no que me empuja.
Sentir que el suelo me sostiene, no que solo me deja estar.
Tener un centro. Un tronco. Una médula fuerte.
Tener raíces.
Raíces que no se vean, pero que lo digan todo.
Raíces que me conecten con lo que fui, con lo que soy, con lo que algún día quiero ser.
Raíces que me den nombre.
martes, 9 de septiembre de 2025
echar raíces
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