He estado escribiendo toda mi vida.
Desde séptimo grado, cuando mis amigas y yo compartimos un cuaderno donde imitamos chats de MSN con celebridades, con nuestros nicknames ridículos y conversaciones codificadas que solo nosotros entendíamos. Éramos chicas.
He pasado por todas las plataformas que me hicieron sentir que tenía un lugar en el mundo donde podía decir lo que me estaba asfixiando: Blogger, Tumblr, Facebook... incluso hace unos días estaba creando un blog en Mixi, ese sitio japonés que ya nadie fuera de Japón usa, solo por curiosidad por probar el formato. También abrí un blog en Naver, como si en otro idioma pudiera ocultar mejor lo que sentía. Como si cambiar el lenguaje fuera una forma de cambiar la piel.
Nunca escribí para ser leída.
Cuando empecé la universidad, escribía publicaciones muy largas en Tumblr, a veces desde la aplicación del teléfono, a veces desde la computadora en el laboratorio del Benito Juárez.
No siempre fueron poemas. Eran más como arrebatos: emociones sin forma, pedazos de días rotos, decepciones, ansiedad, momentos en los que no sabía si estaba triste o simplemente vacío. Lo era todo. No solo tristeza.
E incluso ahora, años después, sigo escribiendo. A veces en blogs fantasmas que nadie sigue, a veces en notas del celular a las tres de la mañana. Es como una necesidad visceral. Un acto de resistencia. De permanencia. Porque incluso si nadie lee, incluso si nadie escucha, sé que existí. Que sentí. Que dolí.
He tenido muchas versiones de mí misma a lo largo del tiempo, y todas ellas han escrito. Todos han dejado un rastro.
Es extraño... He estado escribiendo durante tanto tiempo y, sin embargo, nunca he sentido un sentido de pertenencia. Solo alguien que necesita vaciarse para seguir adelante. Como si las palabras fueran un puente para no caer por completo.
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